todo lo que responden las paredes, como testimonios de gritos y lujurias. todo lo que perdemos al declararnos la guerra en el espacio común, en el último rincón de nosotros mismos. esgrimir lugares comunes y decir que esgrimimos banderas que llaman a la guerra. ser la epopeya que llama a nuestra muerte al convite.
aburrirnos de la intemperie. caernos de espaldas ante la primera gota del estío. facilitarnos la vida con una modernidad cómoda o con un silencio de crucero. inflarnos las pupilas con un rayo de sol o de tendedero. mirar a las mujeres gordas que bajan al río a ahogar a sus niños y encontrarlo tierno y misericordioso.
odiar al mundo es tan fácil; bastaría con hacerlo hablar.
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