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   Go fuck yourself with your atomb bomb | jueves, noviembre 30, 2006
Go fuck yourself with your atom bomb...
Allen Ginsberg/America

No se mueve, como si su inmovilidad fuera la línea sangrienta que subraya la sinrazón. Pienso luego que sinrazón es un término que suena demasiado cantarín si lo uso para referirime a la nímia cosa a la que pretendo referirme: salgo del palacio de bellas artes luego de haber visto una exposición anódina de un tipo que piensa que es tan talentoso que tiene el elevado deber de dejárselo saber al mundo. Salen conmigo a la noche frugal de la ciudad de México un ejército de modelos vistiendo ropa para modelos que fueron a exhibir su sensibilidad en la expo de marras (y bueno, yo estoy allí por mero accidente, más por un afán de amor que por un afán de espíritu sensible... y me pregunto si no serán lo mismo). Y de pronto, como salidos de la nada de su mente, dos grupos de muchachos se aposentan en la explanada de mármol, ataviados ofensivamente con las playeras de sus respectivos equipos de fútbol. Si no fueran las diez de la noche en este lado del mundo sería hasta gracioso; pero cobijados en la penumbra les cae encima un carácter siniestro que anticipa su estupidez. Ambos grupos comienzan a imprecarse por la improbable razón de que unos le van a las chivas y otros a las águilas. Me imagino que en el zoológico de nuestra historia esa no es más que otra guerra de consecuencia incuestionable. De pronto, con su afán subrepticio, comienza la violencia. Se gritan cosas sobre sus madres, sobre sus hijos, sobre toda progenie habida y venidera. Se retan tocándose las entrepiernas como si se retaran a coger sin contemplaciones. Los golpes, la sangre, hacen retroceder a los sensibles y se toman la molestia vulgar de empujarse de regreso al palacio, déjando un álito de perfume caro y miedo ramplón. En el espacio que se abre, veo que un grupo de quince o así está pateando en el piso a un crío que no pasa de los dieciséis; me pregunto si la relación numérica es una metáfora o un desatinado símbolo consecuencia de su cercanía con el estúpido palacio. Lo brutalizan con saña, le quitan los zapatos, le roban una pequeña bolsa de tela que cuelga de su cintura, aspirando en su odio a que en la bolsa vayan envueltos todos sus recuerdos, las monedas que le llevarían a casa, la foto de su novia de la secundaria y un poema borroneado que habla de su equipo de fútbol. En el otro extremo de la escena, los modelos se atiborran contra la puerta y voltean sin querer voltear, se quejan de la inseguridad de la ciudad, se alarman inmóviles. Los quince dejan al chico y corren; miro que pasan frente a un carro de la policía que, impasible, parece obstinado en evitar que los dos policías gordos que se encuentran dentro de él se bajen y hagan algo. Y entonces, en la quietud, el cuerpo tendido del niño comienza a cantar largas notas de silencio e inmovilidad.

No se mueve. Nada en él se mueve. Ni siquiera el color amarillo de su pecho, que tan caro le ha cobrado hoy su devoción.

Tres o cuatro almas sensibles se acercan y le miran sin tocarlo. Se horrorizan ante su estático dolor. Se corre la voz en palacio: el chico ha muerto. Alcanza para que una chica rubia de bellísimos ojos azules se siente derrotada en los escalones y se queje inarticulada y llorosamente de la inmovilidad de todos, de la indiferencia, de las carencias estructurales del país, de su propio horror, de la llegada del hombre a la luna. Su cabello lacio se arremolina en su cara como en homenaje a su beatitud. La chica invoca a dios y pienso sí, dios es esto, este chico tirado en la calle, hipotéticamente muerto, con una playera de su equipo de fútbol favorito.

Dios responde. El chico comienza a moverse y estira un brazo frente a su cara, como protegiéndose aún del horror. Algunos de su grupo regresan y comienzan a levantarlo. Nadie grita anunciando el milagro. El chico se abraza a sus amigos y comienza un intento infructuoso para mover las piernas. Los minutos pasan y logra articular un paso, luego otro, y se va caminando como un mártir del fútbol rumbo al partido, que es mañana, supongo.

Y me pregunto dónde está la gracia. Me pregunto en qué consiste el milagro. ¿En la chica rubia y su plegaria, en el viento del norte que agitaba sus cabellos, en el impasible espanto de lxs modelxs, en sus nalgas perfectas y sus sonrisas sin sexo oral, en la caída de dios sobre las porras deportivas, en que el chico podrá ir al clásico de clásicos?

A veces me imagino que, en su estupidez, la historia del mundo es como una bomba atómica explotando todo el tiempo. La vibra infalible de la muerte en cada uno de los que aspiramos a vivir.

Y hoy, más que nunca, odio el fútbol.

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   Altman | miércoles, noviembre 22, 2006


Charros. Descance en paz, Robert Altman.

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   Amman | martes, noviembre 21, 2006

Amman se muestra tranquila, con esa tensa calma prefigurada que todo occidental vive en los países árabes. El viento es como un velo que se mece frente a un viento que no tiene a nadie que lo refiera, o que lo calme, o que lo añore. Sus colores son grises pero tienen cierto aire de encendidos, como una anciana que de pronto se sonrojara ante las puterías de su historia.

Tomo un jugo de naranja con zanahoria y el hombre que me sirve me dice con una sonrisa que gracias se dice "shukran" en árabe. Entonces le digo que gracias en su lengua, y me retiro calle arriba con muchos siglos de historia a cuestas. No puedo hacerme responsable ni de mi propia historia. Las sonrisas son batallas ganadas de antemano en la infame historia de las personas.


Amman calla y se envanece. No tiene pudor pero aún así no te abre las piernas fácilmente. Su frente se muestra altiva y perfumada, como si aún en pleno invierno pudiera llamarse estival a si misma. (Digresión necesaria: una mujer musulmana se acerca a mí y me pide una entrevista. Le digo que encantado y le extiendo la mano; ella se retira aterrada y me dice "no, no, por favor. No se ofenda, pero no puedo tocarlo". Y bueno, pienso que es la primera vez que una mujer me expresa de una manera tan clara su rechazo. Hubiera preferido que empezaran antes). Amman parece querer definirse en inacción, en negar el paso del tiempo. Pero sus labios rotos la traicionan. Su afán de concreto es inacabable, como el de cualquier otra ciudad. Largo es su aliento y tiene olor a desierto y mar muerto.

Los he descubierto. Con su belleza, Jordania mató al mar.

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   Barbie estilo Ed Gein* | miércoles, noviembre 01, 2006


Joyería de la Carnicería de Barbies.
Margaux Lange

Esta pieza es simplemente encantadora y resume una idea que me ha dado vueltas durante mucho tiempo en la cabeza. He tenido siempre la proclividad a pensar que la barbie, más allá de la crítica cultural y social que pueda hacerse de ella (desde antípodas como el feminismo y la religión católica), representa sin duda uno de los iconos sádicos más aceptados y bien recibidos de la historia de la humanidad. El fetichismo sexual de barbie —y sus respuestas pensadas para mercados más jóvenes, como las muñecas bratz, etc— es simplemente el fetiche más singularmente claro de toda la humanidad, la muñeca-objeto-sexual que se compra no para el disfrute de las niñas, sino para el deleite de los padres de las niñas. Sus gestualidades y sus artilugios rayan sin duda en la putería más acabada, que además tiene el encanto de ser una putería "aceptable" como modelo para las niñas del mundo. Estos iconos pasan, por supuesto, por su cuota infame de frivolidad y eso las convierte en una perversión aún más deliciosa: carecen por completo de sentimientos o de ideas propias, son "chicas materiales" más huecas que madonna, son perfectamente utilizables y desechables, nadie se alarma cuando yacen inertes y desnudas en la sala de cualquier hogar de clase media, se erigen como la última "muñeca inflable" de la gran sex shop en la que se ha convertido el mundo. Uno puede encontrar una cabeza de barbie tirada en el piso y pasar perfectamente indiferente ante ella, tal vez pensando "ese era su destino". Recordemos que la cabeza arrancada de un osito de peluche todavía hoy enternece.

El rabioso maquillaje de las muñecas bratz —que son las que vinieron a coronar, como cereza en el pastel, el concepto de "muñecas para papá" y que juegan además con un elemento pedófilo la mar de siniestro— es la perfecta manifestación de un afán de perversión totalitario por su afanoso fundamento en la gracia de la doble moral: papi puede mirarle las tetas y el culo a la muñequita —la putilla de antro que además es íntima amiga de alguien de su familia— mientras su hija la sostiene y desnuda parsimoniosamente, tratando de averiguar si ese pedazo obtuso de plástico tiene algo más interesante qué ofrecerle.

Si no sabes dónde acabó tu muñeca, búscala en la cajuela del auto de tu padre.

* Ed Gein, conocido como el carnicero de Plainfield, es probablemente uno de los asesinos seriales más infames de la larga tradición norteamericana. Sus crímenes no sólo incluyeron el asesinato y la mutilación, sino que Gein se constituyó en un verdadero artesano macabro, fabricando muebles, prendas de vestir y hasta instrumentos de cocina con los restos mortales de sus víctimas.

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